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¿Gasolina, por favor?

 

Realizado con el patrocinio de la Consejería de Sanidad y Políticas Sociales de la Junta de Extremadura
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¿Gasolina, por favor?

09/05/2017 | Unión de Consumidores de Extremadura

 

 

La proliferación de gasolineras automáticas o, como suelen conocerse, "desatendidas", ha generado un debate muy encendido entre quienes defienden un modelo de atención personalizada y quienes apuestan por una mayor liberalización del mercado, considerando que la misma, a la larga, favorece al consumidor. La polémica está servida.

La Asamblea de Extremadura ha puesto freno este jueves a la proliferación de estaciones de servicio desatendidas en la región, imponiendo mediante una Ley que modifica el Estatuto de los Consumidores de Extremadura, que las conocidas como gasolineras fantasmas o 'low cost' dispongan de al menos un empleado entre las 7,00 y las 22,00 horas, que además estará obligado a servir el combustible a personas con discapacidad.

¿De qué estamos hablando?
El sector de los carburantes de automoción, gasolina y gasóleo, genera cada año en nuestro país alrededor de 40.000 millones de euros, es decir, un 4% del PIB nacional. Con semejante cifra de negocio, que supera la facturación del sector eléctrico, y siendo un servicio público y esencial, es evidente que se trata de un ámbito fuertemente regulado.

Así, esta regulación contempla tres tipos de gasolineras:

- Automáticas: son las que popularmente se conocen como “desatendidas”, es decir, aquellas instalaciones en las que no existe personal afecto a la instalación y el suministro al vehículo lo realiza el usuario.

- Autoservicio: en este caso, el suministro la realiza el cliente, pero el surtidor es activado por un operario desde el centro de control de la instalación. Desde dicho centro, en lugar de hacerse de forma automatizada, se debe esperar a autorizar manualmente la entrega.

- Atendida: aquélla cuyo suministro al vehículo lo realiza el personal físicamente presente en la instalación.

Desde que aparecieron, las gasolineras automáticas se han asimilado con las low cost, es decir, estaciones de servicio que ofrecen sus carburantes a un precio sensiblemente inferior; al mismo tiempo, las tradicionales, para justificar esa diferencia que les está haciendo perder clientes, sobre todo en un contexto de crisis económica, recurren al argumento más sencillo: la falta de personal les permite bajar los precios. Además, esta ausencia de trabajadores supone un aumento del riesgo inherente a instalaciones en las que se manejan materiales tan inflamables como los carburantes y un hándicap para los discapacitados que viajan solos.

Así, si unimos una prácticamente inexistente contratación de trabajadores con denuncias de falta de seguridad y discriminación de personas con discapacidad, tenemos un caldo de cultivo perfecto para que los dirigentes de la práctica totalidad de las Comunidades Autónomas se hayan puesto manos a la obra para, en la práctica, prohibir la instalación de gasolineras desatendidas. Pero, ¿tienen razón?

La realidad de los hechos
El debate, por tanto, está servido. ¿Es favorable para la competencia permitir que se instalen gasolineras sin personal? ¿Suponen de verdad una competencia en precio con las tradicionales y ello supondrá que estas también ofrezcan sus carburantes más baratos? ¿Están comprometidas la seguridad o la accesibilidad? Todas estas cuestiones han sido tenidas en cuenta por los diferentes grupos de presión para defender sus intereses. En Consumidorex, hemos decidido hacer lo que mejor sabemos: recoger datos, analizarlos y llegar a conclusiones útiles para los ciudadanos.

En este caso, hemos visitado 59 gasolineras repartidas por toda la región y hemos observado si están o no atendidas. Aunque debemos hacer una precisión importante al respecto. En principio, el debate se ha abierto para determinar si es o no necesario que las gasolineras automáticas cuenten con un responsable en las instalaciones. Pero esto no quiere decir que tenga que “atendernos”. De hecho, en muchas de las gasolineras visitadas había una persona en la caja, atendiendo los pagos y los requerimientos de quienes compran en la tienda, pero no nos atendía para servirnos el combustible. Así que, más que atendidas o desatendidas, sería conveniente hablar de servidas o no servidas porque muchos ciudadanos asocian “atendida” con aquellas en las que nos sirven el combustible, y no es así.

Otra asociación que debemos romper es la que une casi necesariamente las gasolineras desatendidas con las low cost, es decir, con aquellas que no pertenecen a una enseña tradicional y que venden el litro de su combustible hasta 10 céntimos más barato. En nuestro paseo por las carreteras extremeñas hemos encontrado multitud de ejemplos de gasolineras de bajo coste que, no sólo están atendidas, sino además servidas, es decir, que es su personal quien realiza el repostaje de sus clientes; y siguen siendo más baratas.

Así, en las 59 gasolineras visitadas hemos observado si había personal para servir el combustible; y, si no lo había, entrábamos en la tienda o en la caja para preguntar si nos podían ayudar a servir. Es verdad que, en ocasiones, esa ayuda dependerá casi exclusivamente de la buena voluntad del trabajador, pues resulta complicado que una sola persona pueda atender una tienda de tamaño medio, cobrar a los clientes y, además, realizar el repostaje.

De todas esas gasolineras visitadas, las atendidas, entendiendo como tal aquellas en las que hay personas a cargo, sirvan o no sirvan el combustible, doblan a las que no lo están: 39 frente a 20, aunque, como hemos dicho, no están perfectamente divididas entre tradicionales y low cost.

Queda claro, por tanto, que la diferencia de precio existente entre unas y otras no viene dada por la existencia o no de personal contratado. Sin duda, el régimen de oligopolio en el que opera todavía el sector de los hidrocarburos en nuestro país y las consecuencias que tiene sobre los precios de los carburantes (como el efecto cohete-pluma del precio del petróleo) es la verdadera razón de que su coste sea tan elevado.

Entonces, ¿qué hacemos?
Difícil pregunta para un asunto complicado. ¿Queremos más competencia? Por supuesto. ¿Precios más bajos?  Claro. ¿A cualquier coste? Evidentemente, no. Y quizá este sea el quid de la cuestión.

Desde nuestro punto de vista, la liberalización de los mercados es esencial para una mayor competencia, y esta mayor competencia suele redundar en beneficios para los consumidores, fundamentalmente en bajada de precios y aumento de calidad de los productos y servicios. Al menos, en teoría, porque los procesos de liberalización en nuestro país, hasta que se han consolidado, se han llevado por delante los derechos de los consumidores sin ningún miramiento. Sólo hay que recordar los inicios del mercado libre de las telecomunicaciones o de la electricidad, donde miles de usuarios fueron, por ejemplo, cambiados de compañía sin su consentimiento.

Esta liberalización, por tanto, tiene que venir acompañada de una regulación precisa que determine, exactamente, qué medidas de seguridad y accesibilidad tienen que reunir, en este caso, estas gasolineras para poder operar con todas las garantías. Porque es verdad que en Europa, no se ha producido un aluvión de accidentes cuando se han instalado tan masivamente como en Dinamarca o Suecia; ni estos países se caracterizan por tener defectuosas políticas de accesibilidad, sino más bien todo lo contrario. Pero sí es cierto que la ausencia de personal en una estación de servicio tiene problemas aparentemente insalvables. ¿Quién me dará la hoja de reclamaciones? ¿Cómo podré usar los equipos de comprobación obligatorios si no hay nadie que me los facilite? ¿Quién impedirá que use una botella de agua para llevarme la gasolina que necesito para la máquina de cortar el césped?

Sin duda, muchas cuestiones y pocas respuestas. Hasta ahora, se ha optado por lo más fácil y rápido: obligar a todas las gasolineras a contratar, al menos, a una persona. No estamos en contra; pero eso sí, pedimos que ese trabajador de verdad atienda a los usuarios y que no se convierta en un mero cobrador o en un tendero más preocupado de aumentar el negocio de su empleador que de mejorar la seguridad y accesibilidad del servicio.

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